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jueves, 5 de abril de 2012

Abril lluvias mil pero todas caben en un barril

Creo que postear el buen tiempo que hacía ha hecho que se asuste y se vaya. Hoy hace frío, viento, niebla e incluso llueve a intervalos. Pero no he dejado que me afecte lo más mínimo. Después de pegarme un madrugón para ir a clase, resulta que tengo la mañana libre así que me he vuelto a casa y he empezado a recordar momentos del pasado que tenía prácticamente olvidados.

Y así ha sido como me he visto con tres o cuatro años sentada en un silloncito de mimbre en casa de mi madre. Estaba diluviando y yo observaba con suma atención cómo caían aquellas gotas de agua en la terraza a través de una gran cristalera. La niebla no dejaba ver el mar y sólo podía vislumbrar un eucalipto borroso que había en el jardín. Aún ahora puedo sentir esa tranquilidad, esa mirada fija en el agua que chocaba con fuerza contra el suelo, que hacía mucho ruído, que a la vez que me asustaba me encandilaba. Recuerdo que no podía quitar la vista de ese acontecimiento de la naturaleza, la fuerza con la que caía el agua me tenía completamente absorta: ¿cómo podía caer con tanta fuerza? ¿cómo se habrían formado esas gotas de agua? ¿por qué al caer al suelo estallaban en otras mil gotas?

Supongo que tras un buen rato ahí, tan sumamente pensativa y concentrada, mi madre debió pensar que ya era hora de sacarme de mi ensimismamiento y llevó a la mesa del salón la merienda: chocolate caliente con bizcochitos. Así que cogí mi silloncito, lo acerqué hasta la mesa y comí bizcochitos remojados en chocolate mientras seguía viendo cómo llovía por la ventana...

viernes, 17 de febrero de 2012

Series infantiles

En estos últimos días he tenido la oportunidad de recordar varias series que marcaron mi infancia; cada una a su manera tuvo su influencia en mí.

Recuerdo levantarme todas las mañanas a ver Dragon Ball y flipar en colores con cada onda vital. ¡Quién fuera Goku y pudiera cargarse a los malos!

Chicho Terremoto era una de las más graciosas. Me hacía una gracia increíble la cara que ponía cuando veía las braguitas de Rosa.

Oliver y Benji me emocionaban; el desarrollo de cada partido hacía que tuviera un nudo en el estómago esperando que ganara el equipo de Oliver Atom.

Con Heidi lloré cuando se la llevaron a Frankfurt separándola de su abuelo. Lloré también cuando se murió el burrito de Marco.

Pippi Langstrumpf me hizo soñar con la libertad de tener una casa para mí sola en la que llenar todo el suelo de galletas recién horneadas. ¡Además tenía monedas de oro que todo lo pagaban y le seguían sobrando!

Punky Brewster me parecía una niña muy especial y me encantaba la independencia que mostraba al ir con una zapatilla de cada color y con cintas de colores en el pelo... ¡No le importaba lo que pudieran pensar de ella!

Los Pitufos me hacían reír y no podía evitar mirar a Gargamel con un poco de miedo... ¡Era demasiado malvado!

Los Mummins también me gustaban, eran unos ¿hipopótamos? muy dicharacheros que se unían en contra de ¿la nube malvada?. Tengo pendiente ir a visitar la "Ciudad Mummin" en Finlandia. ¡Algún día!

Los Gnomos también tenían su encanto. Recuerdo la relación de esos personajitos con los animales, cómo se ayudaban entre sí cuando estaban en apuros.


Y seguramente si sigo pensando recordaré más dibus que me permitieron evadirme en mi infancia...

domingo, 12 de febrero de 2012

Ver nevar

Siempre me había gustado la nieve. La conocí siendo aún un bebé, en Navidades, en casa de mi abuelo, en pleno corazón de los Pirineos. Con tres añitos tuve mis primeros esquís y recuerdo deslizarme enganchada a las piernas de mi padre por la pequeña pendiente del jardín de mi abuelo. Recuerdo ese miedo, ese vértigo ante la velocidad. Con el paso de los años me fui alejando de la nieve poco a poco. Menos viajes a Francia en Navidad, menos viajes a Sierra Nevada por culpa del aumento de los precios y al final, olvidé prácticamente lo que se siente al verse rodeado de nieve.

Hasta este año. Esta Navidad pasada estuve en casa de mi abuelo y atravesé ese jardín completamente nevado, hundiendo mis botas y dejando mis huellas conforme pasaba. Por un momento pensé preguntarle a mi abuelo si seguía teniendo aquél trineo de madera que usaba cuando era pequeña. Finalmente, no lo hice.

Y hoy, en una de las veces que he mirado esta triste ciudad por la ventana, he visto cómo caían unos pequeños copitos de nieve y he sentido de nuevo ese placer al verla. Siempre he asociado la nieve a la felicidad por los buenos recuerdos que guardo de ella. Y al ver caer estos copitos hoy, me he estremecido al recordar diversas situaciones de mi pasado en las que disfruté cual pequeñaja en la nieve.

Recuerdo una bajada en una pista "ilegal" en el Pirineo Español (la pista estaba cerrada pero como mi padre la conocía dijo que no había peligro y allí que nos metimos) . Era un paisaje increíble, con árboles a ambos lados y un riachuelo precioso. Fue todo genial hasta que el riachuelo atravesó la pista por la mitad haciendo imposible continuar la bajada. Se podía saltar (poco viable ya que yo tendría siete u ocho años y no quería terminar lesionada) o volver a subir toda la pista con los esquís a cuestas. Finalmente, elegimos la segunda opción. Y aunque este incidente no fue todo lo gracioso que lo pinto ahora, guardo un muy buen recuerdo de aquel día debido a la belleza de aquel paisaje.

¡Que siga nevando!